"El sol se ha hundido bajo la tierra, hay eclipse
Pareciera como si todo estuviera perdido y el caos nos invade"

Diarios de lectura del I Ching, 1998, agenda personal de Garfield

Recuerdo la primera vez que vi un arma. Estaba en la sala de la casa de un primo de mi papá. Negra y brillante, con algunos bordes desgastados, la sostenían en las manos mientras la admiraban palmo a palmo, como si el resto de la habitación se hubiera desaparecido. Luego mi mente salta y recuerdo la primera vez que vi la base de la cocaína. Era un balde, un balde color crema lleno de una masa blanca que se asentaba y se notaba pesada, puesto justo debajo del lavamanos del baño. Yo me secaba luego de bañarme, huyendo de una tarde calurosa, miré el balde e intenté comprender qué era. Luego, pasé junto al contenido sin ningún reparo para ir a vestirme. Si lo pienso bien logro recordar también el momento en que contaban en reuniones las historias de cómo se habían fugado de policías, “me orine las huellas dactilares y no salió ningún antecedente” decían mientras se reían, lo tranzamos de esta o aquella manera recordaban otros.


Cuando intento pensar en todos esos momentos, mi mente me traslada a las sillas de atrás de un carro lujoso, el tablero de madera con incrustaciones brillantes, viajo de una ciudad a otra en compañía de un familiar cercano y su socio de trabajo y tengo apenas unos cuantos años. Despierto en medio de una conversación: si nos para la policía, nos tocará darnos plomo. Yo tengo una granada en el bolsillo y podemos bajar por estas montañas, métale segunda pa’ que el carro baje frenado y no salir escupidos. Me sumerjo en esa sensación de asombro sórdido, recuerdo que mi tía me decía que fuera a ver los regalos que le había dejado el niño dios a mi prima. Íbamos con mi hermana que sostenía un oso de peluche. Al abrir la puerta un cuarto lleno de barbies con todos los aditamentos, carros coches, casa. ¿por qué el niño dios les trae tantos regalos a mis primos? Le preguntaba siempre. Recuerdo la fiesta de diciembre donde llegaron todos a esa finca, armados y con uniformes de policía, llegaron donde estaba Caramelo, Capuchino y Zanahoria, los caballos que visitábamos cuando íbamos de paseo. Nos sacaron porque era la finca del señor que buscaban. Luego respiro y tengo un arma en la mano, al fondo hay una botella sobre un tronco que sostiene el alambre de púas de un cerco, todos han disparado y es mi turno, el arma es de competencia, frágil a la menor presión, disparo y se diluye el recuerdo. Lo siguiente que veo es un pájaro muerto, ha caído luego de que el hijo de un primo haya acertado en el pecho, no quiero verlo, pero miro sus patas. El círculo de primos está conmocionado, hay un muerto, un animal muerto. Ninguno sabría que era solo una señal de cómo caerían todos.



Con los años recuerdo que mis amigas se arreglaban mucho para salir a pasear con los chicos acomodados en el negocio. Les decían que no me invitaran a mi porque no les caía bien. También recuerdo a Garfield, siempre tenía un celular o dos. Siempre clonados, podíamos llamar a donde quisiéramos cuanto tiempo quisiéramos, la cuenta le llegaba otra persona. El los usaba porque debía llamar todo el tiempo a coordinar los trabajos. TELECOM era su segundo hogar, ahí jaqueaban los teléfonos para hacer llamadas internacionales, la jornada laboral siempre era la noche. También recuerdo a Daniel, el niño de la escuela que dejaban en el edificio de cristales. Con los años me enteré que su papá era un lavaperros. 


Respiro mirando los objetos del pasado, de las ciudades que crecieron con el dinero de las vueltas, entre edificios y casas lujosas y que así mismo se apagaron entre la búsqueda de caletas, el abandono en el tiempo y una organización del negocio más controlada que vive campante entre políticos y empresarios. Un tiempo que parece que solo recuerda el espectáculo y sus narraciones abultadas. Por lo demás, las personas, los de a pie parece que nadie recuerda, al menos nadie lo habla. Es una historia marcada por el silencio y los mitos; la mitificación de los grandes grupos, las grandes acciones, los grandes operativos. Sin embargo, por tradición ha sido un negocio cotidiano, donde mucha gente entra por necesidad o por huevon, pero termina ahí. Nadie quiere hablar de lo ocurrido. Nadie quiere pensar que todo eso pasó. Que familiares y amigos quedaron enredados entre negocios, siendo pilotos, mandaderos, negociadores, o guardaespaldas o cayendo como mulas. El silencio nos ha arrebatado la historia, la silenciamos por vergüenza, como si estuviéramos contagiados y fuéramos portadores del mal. Escondemos los hechos, como un eclipse que tapa toda luz para dejarnos en el oscuro lado del silencio.

A mis 16 o 17 años, fuimos con mis amigos a la discoteca del año en la ciudad. Al llegar nos sentamos en una de las mesas del fondo, las luces de la discoteca daban cuenta de la última moda, las sillas y mesas deslumbraban con solo mirar por encima el lugar. Mis amigos y yo prontamente nos dedicamos a bailar salsa, a reír y hablar en medio de la algarabía de la gente y de la noche. La magia de tus besos, Busca por dentro, Periodico de ayer, fueron algunas de las que alcance a bailar, sensacional cuando salió en la madrugada… fue titular que alcanzó página entera… Vuelta tras vuelta me las baile todas como en esa época, con la energía de mis primeras fiestas, cuando uno siente esa emoción de entrar las primeras veces a una discoteca. Pasado un tiempo en el lugar el mesero empezó a visitar constantemente nuestra mesa con regalos enviados desde una de las mesas contiguas, por un hombre que prontamente mis amigos y yo identificamos como un mágico.

El hombre estaba rodeado de guardaespaldas, de mirada rara que intentaba ponerla siempre sobre mis ojos. Reiteradamente nos negamos a recibir los envíos de esta mesa, hasta que un hombre se acercó a nuestra mesa. El patrón quiere bailar contigo, me dijo, mientras me ponía fría y seca por dentro y la angustia me ponía frente a un pasillo oscuro que se dibujaba en mi mente. Me escuché diciendo, como sin darme cuenta, que no quería bailar con nadie, solo con mis amigos. Un rato más tarde, otro hombre se sentó cerca a nosotros, no se movió durante horas, me intimidaba mirando a mis amigos y mirándome a mi. Me dijo que no podía irme, ni mucho menos irme con mis amigos. Sude frio, aun se me escurren los ojos de pensar en ese momento. Ni yo ni mis amigos sabíamos que hacer, la mitad de ellos se habían enterado de lo que estaba ocurriendo, mientras la mitad de los otros seguían de fiesta, ni se habían acercado a la mesa a mirar lo que ocurría.

Recuerdo que por aquella época, si un hombre de estos escogía a una mujer joven podría no volver a aparecer nunca más, solo en las noticias aparecía su rostro, en algunos noticieros, y luego poco a poco sólo quedaba la energía de su familia, buscándola por todas las esquinas, parques, terminales y pueblos, en ese angustioso camino que es el laberinto de buscar a un desaparecido. 



De repente y sin darme cuenta Pipe, un amigo del colegio que no había venido con nosotros a la fiesta, se sentó a mi lado, me tomo la mano suavemente con un cariño miedoso, lo sentí, porque en medio de mi respiración agitada, logre darme cuenta que estaba igual de nervioso. Pipe me miro a los ojos, y se me acercó poniendo un codo en la mesa para hablarme a los oídos, me dijo que nos íbamos para mi casa, que nos levantaríamos de la mesa sin decirle nada a nadie; insistió en que no debía mirar las mesas contiguas, tampoco debía mostrarme miedosa o intentar correr y que no debía observar a las personas. Al salir me dijo pipe, yo me subiría a un carro, al que él me dijera sin decir nada. No sabia que hacer en ese momento, quise avisarle a mis amigas y amigos, correr o gritar pero nada de eso ocurrió. Me levanté de la mesa queriendo estar en otro lugar. Los primeros pasos fueron tropezones contra el mundo, pise mal, le di un puntapié a una silla; recuerdo que por un momento todo se puso en silencio y esa luz verde que se estancaba sobre la oscuridad, queriendo delinear las cosas desapareció. No recuerdo la música de fondo. Camine por entre las sillas, por entre las parejas bailando que se asomban y me deslice torpemente a la salida, mientras un auto negro se parqueaba enfrente. Me subí como si subiera a una carroza fúnebre. No reconocí al conductor ni mucho menos quise decir palabra.

El conductor me llevó a mi casa. Me dejo en la entrada, mientras yo cruzaba la puerta afanada, angustiada, agitada, pero con el mismo silencio que cargaba desde la discoteca, un silencio de aljibe sin eco.

Pasaron varios años antes de volver a ver a Pipe, ya incluso había pasado por alto este suceso, cuando un día lo encontré en los jardines de una universidad.  Lo salude y me abalance sobre él. Interrogue a Pipe, le pedí que me explicará que había ocurrido esa noche. Al entrar, pipe reconoció a uno de los socios de su hermano, le saludo porque iba mucho a su casa, habían jugado algunas veces al bascketball, él en el equipo contrario siempre. El sujeto, había cambiado algunas palabras y preguntado por su hermano. Entre risas, le había contado que le había puesto el ojo a la chica del fondo, una mujer de ojos grandes y tez trigueña, joven y de cabello negro y liso. Ya había enviado distintos tragos pero no quería ceder. Pipe, me había reconocido al observar al fondo del bar, tembló en medio de las frases del socio de su hermano, pero no dijo nada. Atinó en decir que esa chica era su novia, que venía a la fiesta a encontrarse con ella. “peleamos hace días y nada que hablamos pa arreglar el borolo; justo voy pa la mesa de negociación, a ver si bailamos un rato y dejamos la alaraca”, alcanzo a decir Pipe medio tranquilo. El socio de su hermano lo miró incrédulo de arriba abajo y se bajo un trago de tres esquinas mientras respiraba pensando, alzó la mirada y finalmente le pidió disculpas. Por ser tu noviesita todo bien. Saludame a tu hermano le dijo, mientras se despedían. Pipe fue en busca mía, se acercó con ese nerviosismo de los amigos del colegio y sin yo esperármelo me saco de allí, de ese maremágnum de violencia. Otras en cambio nunca encontraron a un pipe que las salvara.


Entre las décadas de los ochenta y principios de los noventa, una generación de hombres y mujeres incursionó en el mundo de la clandestinidad en las diferentes ciudades colombianas. Provenientes de diferentes escenarios políticos, sociales y económicos, estos trabajadores colaboraron en la consolidación de la economía boyante, irregular e ilegal de Colombia que terminó por permear diferentes escenarios de la cotidianidad, hasta entrar a las casas y familias constituidas por aquel momento. La industria se apoderó de buena parte de las horas del día, pero fue en la noche y en la vigilia de lo no gobernado, donde encontraron el mejor escenario de operaciones: la fiesta, los acuerdos y una suerte de arquetipos de la clandestinidad se forjaron en el imaginario de la noche.

Los hijos de estos trabajadores despertaron en medio del curso de esta economía siniestra, la vieron desarrollarse, encontraron en ella a los personajes centrales de las historias, constituyendo una memoria personal, arraigada y permeada de situaciones que no parecían fuera de lo normal, aun cuando lo eran. Pronto esta generación entendió que debía guardar silencio. Las memorias se ficcionaron, silenciando lo vivido; enterraron a sus padres, familiares o amigos asesinados, narrando historias de accidentes lejanos, imaginando distintas formas de muerte súbita, encontrando en el murmullo una forma de aclarar situaciones.

Historia Natural del Silencio reúne relatos de personas en diferentes ciudades de Colombia, los cuales están permeados por esta liminalidad de presenciar lo ilícito dentro de la cotidianidad, en un esfuerzo por entender y observar por la rendija del recuerdo, las múltiples formas en las que la economía del narcotráfico se articuló a la sociedad, en escenarios donde la subsistencia, la necesidad, la normalidad cotidiana y la distancia moral de la época no había constituido aún, el monstruo violento y viral que hoy representa esta economía clandestina que opera en la oscuridad. En este esfuerzo, el proyecto se extravía en la memoria que reconstruye una ciudad desolada e imaginada, marcada por la violencia, encadenada a la necesidad de olvidar o de enfrentar su pasado.

Este proyecto fue comisionado por el Foro Latinoamericano de Fotografía 2019 para la exhibición Aínda a Noite / Nos Queda la Noche, realizado en Sao Paulo en  Itau Cultural entre junio y agosto del 2019. Meses después fue incluido en el proyecto multiplataforma Drogas, Políticas y Violencias de Vist, Casa America Catalunya y Open Society Foundation.

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